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Ray Bradbury: «No trato de describir el futuro. Trato de prevenirlo.»

Mientras Ray Bradbury trataba de prevenir el futuro, yo trato de describir la actualidad. 

“No hagáis preguntas tontas” es lo que escuché de un profesor de la universidad. ¿Qué considerará él por pregunta tonta? Quizás aquello que ponga en cuestión su opinión. Una opinión infalible e indudable, poseedora de la verdad absoluta, aquella opinión que debes tener tu también para estar en lo cierto, para encajar en el puzzle de la sociedad en la cual los diferentes difícilmente sobreviven. ¿Qué es lo que crea los estándares de esta sociedad? ¿De donde provienen sus valores y principios? ¿Qué o quién establece los criterios de lo correcto e incorrecto? Finalmente, ¿qué pregunta debe considerarse tonta y cuál no?

Para encontrar la respuesta necesitaríamos recurrir a tan solo una palabra. Simple, conocida, usada por cada uno de nosotros, sin embargo, desconocida o quizás olvidada en su esencia — la educación.

La educación de hoy en día ha dejado de ser el camino de adquisición de conocimientos que se recorre, para convertirse en el objetivo que se alcanza, con las calificaciones y los títulos académicos. Como en el Mito de la Caverna de Platón, en el cual para conocer la verdad y dejar de ver las sombras embusteras creadas por otros, había que esforzarse en salir de la cueva a la luz del sol que alumbra la realidad, así la educación debería fomentar la búsqueda de la verdad, desarrollar la capacidad analitica y critica para crear individuos únicos e independientes, que no se conforman con ver las sombras embusteras. Este proceso requiere tiempo, ganas, dedicación y sobre todo personas dispuestas a servir de guías en el camino de desarrollo y crecimiento personal. Y no me refiero únicamente a los profesores y maestros, sino también a los padres. Como bien dijo Mahatma Gandhi “No hay escuela igual que un hogar decente y no hay maestro igual a un padre virtuoso”. Y la labor principal de un padre virtuoso es crear un fundamento sólido de la personalidad del futuro miembro de la sociedad, enseñándole cultura general, valores ético-morales acerca de lo bueno y lo malo, respeto, comprensión, compasión, generosidad, incitando al pensamiento libre, a la creatividad y sobretodo, a la curiosidad por la vida. Esta tarea paterna tan compleja no se soluciona entregando al pequeño ser una tablet con la que debe entretenerse por su cuenta. Es más, el cerebro humano necesita alrededor de 30 minutos de tiempo libre, de aburrimiento pesado para activar su capacidad creativa de generar ideas. La tablet mata esta capacidad, porque en vez de generar ideas, simplemente las consume, evitando es esfuerzo y acostumbrándose a solo consumir, no crear. 

Con el paso del tiempo la costumbre se expande más allá del tiempo libre en familia, prospera en el colegio, el instituto, la universidad, donde los conocimientos se embuten, con el único objetivo de aprobar, no aprender. Y le es indiferente al alumnado cuan polarizado está el temario que está memorizando, cuan lejos se ubica la verdad de aquello a lo que le dedica tantas noches en vela. Porque no se crea, se consume. Y el consumir y el conformarse es igual a la ignorancia, y aquel quien es ignorante es fácil de educar en pensar y opinar lo “correcto”, consecuentemente es fácil de dirigir.

Tampoco es necesario generalizar. Siempre quedan aquellos que van contra la corriente, no por llevar la simple contraria, sino por buscar la compleja verdad. Son aquellos, cuya pregunta puede considerarse “tonta”, porque ellos instintivamente cuestionan lo que se ofrece de consumición, ellos quieren crear su propia opinión. Una opinión fuerte, argumentada e independiente. 

Ahora bien, la educación actual desde sus inicios no fomenta la creación. Y cómo va a  hacerlo si aún hay personas que admiran La taxonomía de los objetivos educativos de Benjamin Bloom, quien a mediados del siglo pasado separaba los objetos de aprendizaje a niveles de complejidad, dividiéndolos en tres dimensiones: cognitiva, afectiva y psicomotora. ¿Acaso es posible crear una visión amplia del mundo si se separa el alma del cuerpo y de la mente? No solo una visión amplia, sino una personalidad, el pilar esencial de cualquier ser humano. 

La educación, como sistema, se ha convertido en una fábrica de personas “correctamente educadas”. Ya no es el camino de adquisición de conocimiento y desarrollo personal, sino el recorrido de una cinta transportadora, que crea sus piezas según un patrón establecido, donde aquellas piezas con defecto se desechan, porque no sirven. De tipo test en tipo test, de aprobado en aprobado, de “necesito nota” en “necesito nota”. Porque lo que requiere el mundo de hoy en día es un papelito que justifica la titulitis, no requiere opinión, ni conocimiento, sino obediencia y adaptabilidad.

La fábrica es fomentada por la digitalización de los medios de la educación que permiten las tecnologías actuales. Cada día sustituimos más la relación alumno-profesor cara a cara, por las reuniones de Teams o Zoom. Nos excusamos en el COVID y en las medidas de precaución necesarias, mientras que la generación de hoy en día lentamente pierde las capacidades de polemizar, dialogar, debatir, de conocer el lenguaje corporal del oponente, de leer las expresiones faciales, de saber defenderse y atacar tan solo usando la capacidad oratoria. Finalmente, se pierde la capacidad tan básica y necesaria, como saber expresar y transmitir las ideas, los pensamientos y las creencias en una conversación real, no un mensaje de WhatsApp.  

Nada de lo anteriormente expuesto es nuevo. Nuestros clásicos, personas únicas, independientes, verdaderamente educadas, que si sabían expresarse, defender sus ideas, y han sabido predecir el futuro, George Orwell, Ray Bradbury, Pierre Boulle, Stanislaw Lem, entre muchísimos otros, nos han dejado un enorme legado cultural, ético y moral. Clásicos, que no tenían miedo a cuestionar, preguntar, crear. Clásicos, cuyos nombres y lecciones estamos olvidando. Y pretender recordarlos, quizás pueda considerarse “pregunta tonta” que no se debe hacer, pero dejar que caigan en el olvido, dejar que sean sustituidos sus grandes ideas por las ideas embutidas en la fábrica de la educación, es convertirnos en ignorantes, es dejarnos engañar, es dejarnos dirigir. Es consumir y no crear. Nuestra sociedad está en declive, y la razón del problema y la solución a ésta, está en nuestra educación. Somos nosotros mismos quienes debemos responsabilizarnos de ser personas educadas, únicas e independientes, porque solo así se puede combatir la fábrica y a aquellos quienes la dirigen. 

Об авторе Inga

Vivo y estudio en Madrid, España, en la Universidad Rey Juan Carlos haciendo la carrera de Relaciones Internacionales.
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